Máscaras verbales del racismo

La Discriminación, la Xenofobia y el Racismo rara vez se presentan con sus propios nombres y rostros. Se suelen enmascarar etiquetando al miedo con el que se auto justifican, con el nombre propio de la identidad colectiva que eligen como blanco. De otro modo no seducen y suelen despertar empatía y solidaridad colectiva con sus víctimas, en almas sensibles e intelectos honestos. Tal y como pudimos ver hace poco, en los aeropuertos estadounidenses o en la ejemplar conducta de la sociedad española luego del 11-M.

De aquí que calificar delitos con adjetivos religiosos, si no es delito, al menos es una negligencia éticamente condenable, pues equipara, sino iguala, dos opuestos como la práctica criminal con la religiosa, al atribuir propiedades religiosas al delito y/o hacerlo propio y consustancial de la religión a la que se aluda, por el simple hecho gramatical de que esa es la función natural del adjetivo aplicado al sustantivo.

Admitir esta incongruencia lógica hace inevitable generalizar la sospecha a los adherentes de la religión verbalmente criminalizada, propiciando la aversión, exclusión y segregación de esa identidad colectiva a la que se acaba viendo como un “problema” que tarde o temprano, demandará una “solución final”.

Así sucedió con la “limpieza étnica” de los cristianos con antepasados judíos o musulmanes en la Península Ibérica entre 1527 y 1615, en cuyos estatutos de “limpieza de sangre y oficio” se inspiraron las leyes de Núremberg de 1939, y el subsecuente Genocidio nazi. Crimen de lesa humanidad que nadie reduciría hoy nunca al nombre de la identidad colectiva de sus víctimas. Por eso no cabe sorprenderse ante la firme negativa del Papa a adjetivar como “islámico” al “terrorismo” de los criminales que lo perpetran con esa finalidad.

Solo con tener presente que, en la región que la ONU denomina MENA (Middle East and North Africa), cuya población no supera el 10% de la todo el planeta, se concentra más de la mitad de los refugiados del mundo, gran parte de los cuales llevan 4 generaciones naciendo en campamentos, el 60% de las reservas de petróleo y el 45% de las de gas, y que el 80% de las víctimas del terrorismo son musulmanes, alcanza para comprender la negación que implica buscar explicaciones religiosas a los conflictos derivados de estas desproporciones o que “estudiar” al Islam con esa finalidad no los agrave.

Poco y nada aporta para enfrentarlos y sí garantiza que el Racismo de hoy sea la Islamofobia, y una de sus máscaras negadoras la etiqueta “terrorismo islámico”, que cala tanto como para alcanzar a objetos y vegetales, como la prohibición de los minaretes en Suiza y del Burkini en la Costa Azul, o el de vivir como ofensa pública a la cultura italiana la plantación de Palmeras en la Plaza del Duomo de Milán.

De hecho una búsqueda simple en Google en español, arroja seis veces y media más resultados para la aplicación del adjetivo “islámico” al sustantivo “terrorismo” que al de “civilización” (2.320.000 contra 355.000 entradas), proporción que es de 1 a 1 en el caso de los otros seis credos que le siguen en cantidad de entradas monoteístas o no, y cuyos valores absolutos sumados no supera la primera cifra del caso islámico. Panorama indicador de una sensibilidad asimétrica y adversa producto de una narrativa escolar anti islámica en clave de Marte contra la Tierra, que inculca durante la niñez y adolescencia la imagen de un Islam alienígena, violento y ajeno a toda Civilización y opuesto a la Judeocristiandad, en tanto invasor del ámbito de la Hispanidad y que costará 8 siglos expulsar.

La lógica invertida derivada de este retrato nos hace “sentir” que el Papa con su negativa “defiende al Islam”, a la vez que nos impide ver que 1400 años después aún existe una Diversidad religiosa y cultural en el “Mundo Islámico” que hoy asedian las bandas criminales por todos conocidas, mientras que los musulmanes nativos del occidente europeo son una novedad del último medio siglo. Así como que estadísticamente el islam es el credo que hoy más se expande.

Mientras esta política de la interpretación no sufra cambios, mientras no se entienda que presentar al Islam como “problema” es el problema, continuarán apareciendo falsas categorías que adapten el contenido al continente extirpando, cuando no inventando, frases de textos sagrados y hechos presuntamente históricos, pues cuando se establece un debate prolongado entre el absurdo y la evidencia, esta se debilita y aquel se fortalece.

Hamurabi Noufouri es arquitecto (UBA) y doctor en Historia (Universidad de Salamanca). Director del Instituto y la Maestría en Diversidad Cultural (UNTREF)

Clarín