Fantasma del racismo en Francia

La extrema derecha y la derecha republicana han transformado el discurso sobre la laicidad para defender una “identidad nacional” de raíces cristianas

Los franceses siguen considerando a los de segunda y tercera generación como inmigrantes, un problema para la cohesión nacional

La amenaza de un atentado durante el fin de la campaña electoral ha puesto de relieve una cuestión cada vez más polémica y dolorosa en Francia. Y lo ha hecho porque durante los dos últimos años el Frente Nacional ha salido reforzado tras cada ataque en suelo francés, gracias a sus políticas de repliegue total y cierre de fronteras, el establecimiento de cuotas con un máximo de acogida de 10.000 inmigrantes legales por año y la cuestión identitaria, con la derecha republicana y la extrema derecha reivindicando a pleno pulmón la defensa de las raíces cristianas en un país cada vez más intolerante con todas las religiones.

“Uno de los desafíos del próximo quinquenato será separar la cuestión de la inmigración del terrorismo“, analiza François Gemenne, investigador de cuestiones migratorias en Sciences Po. “Las fronteras se han convertido en un asunto de crispación que el próximo presidente deberá confirmar o reemplazar por una política que salga de la retórica del repliegue”, añade.

En Francia, un 57% de la población estima que hay demasiados inmigrantes en el país. Entre ellos, la cuestión es una preocupación principal para el electorado del FN: cerca de un 80% de sus votantes se deciden en base a la cuestión migratoria, por delante de otros desafíos nacionales como la seguridad o la economía. De ahí que la defensa de lo que el FN llama la “prioridad nacional“, ocupe la mayor parte de sus mitines.

François Fillon ha decidido seguir la línea frontista: restringir la inmigración al mínimo. Según el programa del conservador, el número de inmigrantes quedaría fijado en la Constitución. Además de endurecer el acceso a la nacionalidad y la política de reagrupamiento familiar, Fillon lanza dardos con el mismo argumento que su contrincante: “el repliegue identitario avanza y la integración retrocede. La unidad nacional necesita otra política de inmigración”.

En este contexto, Fillon ha decidido dedicar sus últimos actos de campaña a misas y actos de semi-peregrinación, como la visita a la estatua de la virgen de Puy-en-Velay, el decorado elegido para “hablar de la identidad nacional”. Además, el candidato ha prometido que incluirá en su gobierno a miembros del movimiento Sentido Común, escisión de la Manif pour tous, uno de los principales actores en la lucha contra el matrimonio homosexual.

Las segundas generaciones se perciben como inmigrantes

En Francia la población inmigrante conformaba el 6,6% de la población en 1931, el 7,4% en 1975 y el 8,5% en 2014, según las cifras del Insee (Instituto Nacional de Estadísticas y Estudios Económicos). Este último dato agrupa tanto a los extranjeros residentes como a los que han adquirido la nacionalidad, que suponen el 39%. Así, Francia está lejos de ser uno de los países desarrollados con mayor nivel de población inmigrante, ocupa el puesto 17 en el ránking de la OCDE. Eso sí, la percepción de los franceses no se acerca a la realidad.

“Los franceses consideran que los inmigrantes suponen el 24% de la población”, explica Anthony Edo, economista especializado en cuestiones migratorias del CEPII (Centro de investigación francés de la economía internacional, por sus siglas en francés). “Hay una tendencia a considerar la segunda y tercera generación de descendientes de inmigrantes como tales. Es una confusión muy grave porque la percepción sobre el estatus de inmigrantes puede tener efectos fuertes sobre su nivel de integración, el sentimiento de pertenencia a la comunidad nacional y la cohesión social del país”.

Ni la desconfianza ni dicha sobreestimación son factores aislados de Francia. Tampoco son sentimientos nuevos. “En torno a 1880, los franceses tenían miedo de que los inmigrantes que llegaban causaran inseguridad y paro. De hecho, en 1883 hubo en Francia una gran manifestación contra los inmigrantes italianos y españoles”, apunta Edo.

“Francia es el país europeo con mayor tasa de discriminación, sobre todo en el trabajo, pero también se aprecia en instituciones como la Policía. El Estado tendrá que trabajar en una verdadera política de lucha contra la discriminación, condición necesaria para la integración”, opina por su parte Gemenne.

Si bien un 39% de los franceses considera que el islam no es compatible con los valores republicanos, la laicidad se ha extendido como un sentimiento general de rechazo a todas las religiones. Para la derecha y la extrema derecha, la laicidad se ha convertido en una excusa para reafirmar las raíces cristianas de Francia, frente a la izquierda, dividida a su vez en dos: ¿reconocer el lugar de todas las religiones en el espacio público o sacarla completamente del debate y espacio público?

La instrumentalización de la laicidad

El problema no es la ley de 1905, que establece claramente la libertad de conciencia y ejercicio del culto sin reconocer ni subvencionar ninguna, sino la aplicación que hoy se pretende hacer de ella. El caso más sonado fue la prohibición del burkini en ciertas playas durante el verano de 2016. Tras un mes de debate, el veto fue anulado entendiendo que en la playa, como un espacio público, la libertad debe ser la norma.

Para el 60% de los franceses la laicidad ocupa un lugar muy importante en los sondeos. Además, para un 90% es un valor republicano “muy importante” y un 74% considera que está amenazada. “La izquierda se encuentra dividida entre los defensores del laicismo republicano, con la amenaza de resultar represivos o bien negligentes en la lucha contra el extremismo”, analiza Martine Barthélemy, que estudia la laicidad en Cevipof. “Por su parte, la derecha está instrumentalizando el laicismo al aceptar que la represión de la ley se aplique solo contra el islam”.

Según el último informe de la Comisión Nacional Consultativa de Derechos Humanos, los musulmanes son la minoría peor considerada en el país, detrás de los gitanos. En el caso concreto de los musulmanes, los encuestadores describen una dificultad para encontrar testimonios honestos puesto que los resultados difieren entre los sondeos virtuales y los realizados cara a cara. Un cambio que explican por un “sentimiento de censura social especialmente reseñable”. Es decir, en este debate muchos esconden sus verdaderas impresiones por miedo a ser tachados de racistas. Al próximo presidente (o presidenta) del país, le tocará reconocer el elefante en la habitación, bajo el tremendo riesgo de que siga creciendo.

ABC