El antisemitismo sigue presente

Ariel Cohen Sabban

La Kristallnacht nos enseña como palabras llenas de hostilidad pueden ser el preludio de hechos de violencia gravísimos. Por eso debemos tener mucho cuidado y ser responsables, mucho mas aquellos que ocupan lugares institucionales importantes.
Los judíos sabemos muy bien los que fue la Kristallnacht y lo que vino después. Por eso, desde la DAIA tenemos una responsabilidad mayúscula para denunciar y evitar que los mensajes antisemitas, como los escuchados esta semana por el diputado electo, Leopoldo Moreau, sean condenados.
En nuestro país también debemos estar alerta. Es preocupante cómo las expresiones antisemitas siguen presentes en el debate público. Son mensajes cargado de ignorancia e irresponsabilidad que pueden alimentar a las ideologías del odio que lamentablemente siguen latentes en nuestra sociedad.
Como lo hace desde su nacimiento, la DAIA seguirá luchan contra el antisemitismo. No podemos relajarnos. Estamos convencidos que no hay y no habrá lugar para los intolerantes en nuestra patria.
No permitiremos ese tipo de expresiones, que no hacen más que volver a poner en relieve la penosa acusación de doble
lealtad y conspiración, ambas tipologías del antisemitismo más clásico. La extranjerización de los judíos es una ofensa que fue usada como justificación para perseguir y matar a
millones de nuestros hermanos. Es muy grave que se use, aquí
en Argentina, en el siglo XXI.
Que quede claro: la DAIA no olvida ni perdona. La DAIA no olvidará y no perdonará a quienes ofendan a los judíos con expresiones discriminatorias de este tipo.
En esta nueva Argentina que entre todos queremos construir no debe haber lugar para los quienes buscan difundir el odio. La DAIA redoblará sus esfuerzos y seguirá trabajando como lo viene haciendo desde hace 80 años para garantizar la dignidad de los judíos.
A 79 años de aquel hecho trágico es importante homenajear a las víctimas y que toda la sociedad argentina conozca la historia de esta tragedia. Que todos sepan que la Shoa fue posible por la claudicación moral y ética de un mundo que miró indiferente y cobardemente cómo crecía y se expandía la
ideología más cruel del siglo XX.

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